
Mi mano, ya cansada y abatida,
se mueve sobre la página rendida.
La colma con mis íntimos pensamientos,
con mis anhelos rotos y lamentos.
Y si al leerla encuentras humedad,
no es tinta: es pura y honda soledad.
Es la lágrima última y sincera
de quien del mundo nada ya espera.
De este mundo mezquino y tan soez
que hiere sin piedad una y otra vez.
Mas no desesperes por mi pesar,
mi página está a punto de acabar.
Nada queda ya por confesar,
ni sombra nueva que deba nombrar.
He descubierto, al fin, con frío acierto,
que existe el infierno, y no está muerto.
Y sonrío al saberlo, sin reproche,
como quien halla luz dentro de la noche.
Porque cuando mi pulso cese y vaya,
cuando mi voz se apague y ya no estalla,
de cierto sé que no me seguirá:
al irme yo, su sombra atrás quedará.
Morir será partir, cruzar el umbral,
y huir al fin de su cerco infernal.