
Malos tiempos presiento por venir,
sombras densas que nos toca vivir,
rueda cruel de la que no hay huir,
con casillas de pena sin fin que sufrir.
El futuro se tiñe de negro hollín,
como un cielo sin luna al anochecer ruin;
noticias de odio de confín a confín,
retumban con eco sordo y sin fin.
Dictadores, corruptos, sedientos de oprimir,
oligarcas que solo ambicionan subir,
mientras dejan al pueblo sin pan ni porvenir,
condenado en silencio a callar y a servir.
Las trompetas del juicio parecen rugir,
como si el mismo abismo se fuera a abrir;
y aguardamos demonios surgir y salir,
en legiones ardientes dispuestas a herir.
Que el humo y la ceniza lo cubran al ir,
que lo falso y podrido se llegue a consumir;
que la tierra no vuelva a mentir ni fingir,
y el poder arrogante se vea caer y crujir.
Porque aquellos de abajo logramos sentir
que no ansiamos al cielo trepar o subir,
sino ver a los altos su trono abatir
y probar de la hiel que nos dieron a ingerir.
Al infierno nosotros no hemos de huir,
lo llevamos sembrado en el hondo vivir;
nacemos ya muertos, listos para partir,
sin promesas celestes que puedan cumplir.
No queremos más farsas que vuelvan a urdir,
ni palabras vacías que intenten lucir;
solo anhelos de justa balanza exigir
para aquellos que hicieron al pueblo gemir.
Que no sean castigos que vayan a huir,
ni condenas ligeras que puedan prescribir;
que padezcan mil años sin poder redimir
el dolor que sembraron al vernos sufrir.
Y tal vez, cuando el odio se empiece a extinguir,
cuando el miedo y la rabia se logren rendir,
una luz diminuta se atreva a surgir
y nos diga en silencio que aún cabe vivir.
Que tras siglos enteros sin apenas reír,
pueda al fin nuestra boca de nuevo sonreír;
y entre ruinas y sombras logremos sentir
que hay esperanza incluso aquí por venir.