
Los días pasan, severos y llanos,
como solo saben pasar los años.
Arrasan todo en su alianza,
mientras la sombra lenta avanza.
Miedos diarios, densos y arcanos,
se adhieren al pulso de los humanos.
Todo se vuelve más oscuro,
aun bajo el brillo más puro.
Todo se torna más frío y más duro,
como hierro clavado en el muro.
Frío que hiela cuanto toca,
que al alma hiere y al pecho sofoca.
Corazones puestos en acoso,
latido cercado y temeroso.
Seres de gris y marchito color,
con hálito agrio de descomposición.
Rostros tensados por el miedo,
miradas cargadas de rencor quedo.
Alimañas perdidas en la herida,
sin resto siquiera de propia vida.
Nada ya esperan del mundo inmundo,
pues la esperanza cayó en lo profundo.
Tan hondo fue su desvarío,
que olvidaron incluso el vacío.
Se detiene el autobús en la acera,
y descarga sombras sin primavera.
Parecen vivos, mas son ausentes,
residuos pálidos de lo que eran antes.
Espíritus llenos de nada temprana,
deambulan grises por la mañana.
Sueños truncados, jamás abrazados,
anhelos que nunca quisieron ser logrados.
Y el día avanza, sin esperanza,
hasta que la luz también se cansa.
Cuando concluye la hora temprana,
ya no queda rastro de la mañana.
Los espíritus se fueron, si es que vinieron,
o quizá nunca en verdad existieron.
Tal vez no hubo alba ni llegada,
¿o nunca llegó la mañana esperada?