
Un barco sin timón, a la deriva,
perdido entre la niebla pensativa.
Así navega, errante y sin frontera,
mi pobre tierra, exhausta y sin bandera.
Abandonada al ruido de los lobos,
poblada —dicen— solo por bobos.
Piratas de sonrisa maquillada,
traman en sombra su vil emboscada.
Mas lo peor no es solo su rapiña,
sino el honor que el saqueo aliña.
Nos roban lo último que nos queda,
dejando la conciencia en pura greda.
Y el mal mayor, más hondo y visceral,
es tratarnos cual bestia irracional.
Ya no hay alma firme en este desierto
que no haya sido presa del despierto.
Por eso asumo, con gesto oscuro,
que el porvenir será áspero y duro.
Y casi ruego no estar presente
cuando ese tiempo muerda a la gente.
Antes, tal vez, me habré marchado,
dejando el barco al mar desatado.