
El paraíso nunca existió,
ni el dios que dicen que lo creó.
Somos tan solo carne y fiereza,
instinto ciego, pura crudeza.
No hay santos, solo necedad,
brújulas rotas sin dirección ni verdad.
El hombre es lobo en su desvelo,
que halla alimento en el anzuelo.
Se nutre siempre de los ingenuos,
y pastorea cerebros huecos y yermos.
Y quien no hiere ni causa mal,
es porque no lo puede ejecutar.
El hombre es sombra frente a la nada,
más que vacío, menos que espada.
La maldad late como condena,
corre en la sangre, densa y plena.
Creemos aún en el perdón sagrado,
después de haber elegido lo malvado.
Mas no hay redención ni absolución,
al pecador le aguarda su maldición.
Somos apenas bestias fatales,
nido perpetuo de todos los males.