
Todos se ríen sin yo saber
qué burla oculta no alcanzo a ver.
Sonríen llenos de liviandad,
sin sospechar mayor hondura o verdad.
Envidio incluso su necedad,
su simple forma de habitar la edad.
Esa mirada leve y vacía
que nunca será la mía.
Ilusos, almas huecas de jornada,
sombríos pasacalles tras la nada.
Os envidio porque sé, en realidad,
que no me alcanza vuestra felicidad.
Reís forjando amigos pasajeros
que mañana serán vuestros carceleros.
La estupidez, cantada y celebrada,
por vuestra voz es casi consagrada.
Os observo en silencio, os veo,
más vale que ignoréis mi deseo.
Camináis erguidos hacia la muerte
sin sombra alguna que os alerte.
Y a vuestro lado avanzan calladas
sombras antiguas y malhadadas.
Mas en vuestra alegre ceguera
no percibís la oscura ribera.
No aspiraréis a nada más,
que al brillo efímero y fugaz.
Seres pedestres, carne y pasión,
sexo, codicia y vana ambición.
¿Debo llamaros hermanos míos
cuando os percibo tan vacíos?
Lanzo una última mirada callada,
y cuanto más miro… no veo nada.