
Caminos que a ninguna parte llevan,
senderos donde mis pasos se enrejan.
En mi extraviado y torpe caminar,
me asedian pena, golpe y tropezar.
Pretenden freno a mi resolución,
mas sigue el pulso ciego del reloj.
La vida avanza dura y pertinaz,
con gesto agrio de hierro y de disfraz.
Los hombres que me cercan al pasar
me miran fijos, sin pestañear.
Locos o santos, necios sin cesar,
son tantos que no alcanzo a enumerar.
¿Y cómo puede ser —me digo absorto—
que cada cual posea su hondo rostro?
Ese que yo creí singular,
privado, único, propio y nuclear.
Y ahora en medio de la multitud
descubro idéntica plenitud.
La muchedumbre vibra en unidad,
tan semejante a mí en su densidad.
Me siento pieza leve del engranaje,
un nombre más girando en el andamiaje.
Apenas grano mínimo de arena
que arrastra el mar antiguo de la pena.
El corazón se inclina hacia el quebranto,
fatigado de esfuerzo y sobresalto.
Y oigo decir que nada soy, que nada,
oveja torpe, dócil y marcada.
Que aguarda muda al filo del esquilo,
sumisa al dueño y dócil a su hilo.
Mas te respondo firme que no fue
ni soy rebaño ciego ante tu ley.
Jamás fui dócil bestia sin criterio,
ni pieza muda en férreo ministerio.
Trasciendo el cerco estrecho de tu mando,
no tu valor, mas sí tu duro bando.
Me aparto entonces hacia la distancia,
donde no alcanza tu vigilante instancia.
A nadie pertenezco, soy mi dueño,
no tengo dios que imponga mi diseño.
Mi vida es mía sola en su latido,
por nadie escrita, a nadie sometido.
Fenece tú, aunque te nombren dios,
que en ti no fundo fe ni voz.
No veo en ti mi origen ni creación,
ni sello eterno en mi respiración.
Me retiro a mi esquina silenciosa,
a limpiar la herida tumultuosa,
y te reclamo al fin, sin más ardid:
déjame ser quien soy. Deja existir.