
Hijos del egoísmo, toda una generación,
donde el dinero reina como único señorón.
No queda principio firme ni camino alguno;
todo es fango, miseria, lo vil y lo bajuno.
La dignidad huyó, nadie sabe dónde fue,
el lobo se la llevó y nunca la devolverá después.
Nada queda de humano en nuestro paso insano,
aunque finjamos ser hermanos de la mano.
El dolor ajeno es algo que mirar sin parpadear,
mientras lo dejamos fluir, pasar y naufragar.
Hemos perdido el honor, la vieja dignidad;
cada cual tiene su precio, barato por realidad.
Somos apenas jauría turbulenta de perros,
pero salvajes, surgidos del fondo de los avernos.
Si existe ese dios que nadie escucha ya,
probable que ninguno merezca su piedad.
Porque aquí todo es oscuro, corrupto y malvado,
y todo se vende, aunque el precio sea olvidado.
Así ruge esta manada, sin rumbo ni morada,
devorando lo que toca, sin culpa acumulada.
Y creo que al final, cuando el tiempo por fin decida,
esta especie entera desaparecer debería.
Quizá todo quedaría más nítido, más claro,
más puro, más blanco, sin este fardo raro;
y al cabo de un tiempo largo y sosegado,
que nada de nosotros fuera jamás recordado.