
La noche se aproxima con su palidez,
me ronda en círculos, una y otra vez.
Pálidas formas danzan sobre mi cama,
me cercan, me estremecen, mi alma reclaman.
Seres de tonos rotos, desvaídos,
encienden sin piedad todos mis sentidos.
Son sombras que desean quebrantarme,
inertes me sujetan sin soltarme.
Y todo en mi entorno se estremece,
la noche cruel los guía y los mece.
Solo percibo un hondo, febril temor
por cuanto se erige a mi alrededor.
Y las siluetas, máscaras de espanto,
celebran con burla al ver mi llanto.
La noche no termina, nunca cede,
¿acaso esto es vida, o qué se pretende?
Mi alma, entre las sábanas, escondida,
oye el tambor del miedo en cada latida.
En una noche más, cualquiera y nula,
mi vida revienta, se tuerce, se anula.
Y cada día retorna la tormenta,
cuando el ocaso en el cielo se presenta.
Entonces mi alma vuelve a temer,
y solo anhelo borrarme, desaparecer.
Porque la vida la trazó un ser malvado,
que no sufre el dolor de nuestro lado.
Y en el silencio profundo de mi callar,
a solas, descubro que me oigo llorar.