
He hollado tantos caminos,
que ya mis pies no imaginan,
dónde me lleva el destino,
ni qué senda me encamina.
He cruzado mil ciudades,
llenas de males y azares,
y si en ellas hubo un justo,
yo no supe en qué lugares.
Caminos, caminos viejos,
que al andar se hacen sendas,
marcando en mi paso el eco,
de la tierra y sus contiendas.
Lugares enormes, pequeños,
ciudades llenas de engaños,
de payasos altaneros,
de malvados y de daños.
Calles sucias, olvidadas,
de gentes desamparadas,
que miran con ojos huecos,
vidas rotas, destrozadas.
Y el camino se repite,
en cada paso que di,
como si el mundo me grite:
“Ya no hay más lejos de aquí”.
El destino me encontró
una tarde gris, perdida,
y vacilante me habló:
“¿A dónde vas, alma ida?”
Le respondí con sencillez:
“De una a otra villa voy”,
y el destino, con altivez,
me dijo: “Sigue, que es hoy”.
Y eso fue lo que pasó,
seguí andando mi camino,
el que el destino marcó,
el que nadie le pidió.