
Cuando apenas el día asoma,
y la alborada se desploma,
el labriego aún confía
en un dios que no lo oía.
Reza a gloria sin sentido,
pues no queda bien cumplido,
y el cielo se vuelve plomo,
con la lluvia en triste tomo.
La tierra la lluvia hiere,
y el hombre cansado muere;
sus campos embarrizados,
sus sudores olvidados.
De nuevo al cielo se elevan
sus ojos que ya se quiebran;
de allí solo caen ríos,
de agua y de sus quejíos.
Nada pasa ni se mueve,
solo dios, que todo apruebe,
en su silencio callado,
su poder desmesurado.
El hambre a los buenos ata,
y a las bestias desbarata;
se matarán entre hermanos
con sus propios tristes manos.
Mientras alguien en el cielo,
mide el llanto y mide el duelo,
pensará que es cosa buena
la matanza que envenena.
“Mirad, hijos de bondad”,
dirá en falsa majestad;
pero nunca abrigo os dio,
ni calor, ni amparo halló.