
El azul que brota de mi pluma,
no es espuma, no es ninguna bruma.
Parece mar, parece ola,
pero en mi tierra nada inmola.
El color de mi escritura arde,
como cocina que nunca tarde.
No es salina, ni es espuma pura,
es polvo seco, sol que tortura.
Todo quema a mi alrededor,
con su lumbre y con su ardor.
Quizás arda así la costa,
pero aquí el alma se agosta.
Es verano del miserable,
del peón bajo un sol implacable.
El que delira, sin aliento,
en noches sin brisa, solo tormento.
Las olas son pesadillas secas,
golpes de realidad, sin huecas
promesas de agua cristalina,
solo calor, muerte que camina.
No hay mar: hay tierra quebrada,
y vida que no espera nada.
Costas de un seco interior,
donde ni se mueve el sopor.
Donde la vida se suspende,
cuando el sol quema y no se enmiende.
El agua es solo un recuerdo,
la sombra un sueño incierto y lerdo.
Frescura que huyó en estampida,
perdida en la llama encendida.
Hijos de terrones heridos,
por la calima vencidos.
Hijos sin meta ni aliento,
rotos por tanto tormento.
Y nada esperan ya del día…
solo que acabe su agonía.