
De nuevo aquí estoy, tendido en la cama,
sin que aún llegue el fin, sin que llegue la calma.
Me espera la inquietud, la zozobra me enreda,
y la noche me observa, callada, en su queda.
Despierto en sequía, con la boca reseca,
sabiendo que al sueño la suerte lo acerca.
Y temo ese mundo de sombra y de espanto,
donde todo es grito, donde todo es llanto.
Malos sueños me esperan, visiones perdidas,
que toman mi mente y hieren mis vidas.
Cuando cierro los ojos, los monstruos regresan,
con formas horrendas, mi alma atraviesan.
No hay calma en el pecho, todo es desconcierto,
y el reloj que me mira, inmóvil, incierto.
Lo afronto con rabia, le lanzo la vista,
pero el tiempo no corre, la noche persiste.
Salgo de la cama, con prisa, sin norte,
como si en el andar burlara la muerte.
Camino los cuartos, recorro mi casa,
y el sueño no llega, la calma fracasa.
Regreso vencido, la noche no acaba,
mi pecho es un trueno, mi pena es muy brava.
Miro el techo blanco, deshecho de agobio,
y él me devuelve su rostro de odio.
Todo se detiene… menos este pecho
que late con furia y con desconcierto.
Quiero dormir, lo deseo de veras,
aunque me visiten las sombras más fieras.
Y así, con despecho, me hundo en la almohada,
sabedor del tormento que espera en la nada.
El sueño, si viene, no traerá piedad:
los fantasmas me esperan con voracidad.