
La casa se cae,
se cae de vieja,
no fue que te fueras,
fue que no la dejas.
Pero tampoco un día
le diste alegría,
y su encalado brillante
ya es moho asfixiante.
Las vigas que un día alzaron
como bambú que arreciaron,
son cadáveres callados,
por la polilla enterrados.
Las grandes habitaciones
son tumbas de colchones,
y en los pasillos largos,
no hay niños ni sus encargos.
Los techos combados
parecen ancianos doblados,
y nada de lo que fue vivido
queda ahora, ni el sonido.
Ni un mínimo murmullo,
ni un eco del orgullo,
y lo que el valle ofrecía,
es vergüenza que se veía.
Miseria, equilibrio, tensión,
restos de una destrucción.
Nada queda que valga,
que caiga, que se embalsama.
Que sirva de base nueva,
lo que en ruinas se conserva.
Olvidad todo anhelo
del edificio del duelo.
Nació del sudor y del frío
de quienes vivieron su hastío,
que dieron su alma callada,
y ahora no queda nada.
Lo que quede, solo solar,
que nadie se atreva a nombrar
a quien vivió en ese hogar
que el tiempo quiso borrar.