
Campanas sobre el desierto,
campanas tocando a muerto,
mientras reposa el incierto
destino de cuanto ha muerto.
Cadáveres amortajados
bajo sudarios sombríos,
entre muros olvidados
por los siglos y los fríos.
Gusanos de hambre impaciente
prosiguen su lento afán,
sobre la carne silente
que jamás despertará.
Tardes grises de agonía
entre nichos y quebrantos,
donde la melancolía
acompaña duelos y llantos.
Misas dichas al olvido,
responsos de antigua pena,
para quien ya ha recorrido
la postrera y larga senda.
Nichos de cal apagada,
ya sin brillo ni esplendor,
donde la piedra cansada
solo conserva el dolor.
No preguntes cuántos fueron,
ni cuántos habrán de ser,
todos un día partieron,
todos habrán de ceder.
Monotonía infinita
de quien contempla a diario
la verdad que nos visita
desde cada camposanto.
Solo algún verde resiste
entre la piedra y el frío,
como un recuerdo que insiste
junto al silencio vacío.
Yacen tumbas olvidadas
que nadie vuelve a buscar,
en jornadas apagadas
que se pierden al pasar.
Un nombre sobre la losa,
unas fechas nada más,
y una tristeza silenciosa
que el tiempo no borrará.
Ese es el camino oscuro
que habrán todos de seguir,
pues no existe muro alguno
que nos permita huir.
Y cuando todo se aleja
tras el último sendero,
comprendemos que no deja
nada eterno el mundo entero.
Ya nada queda de aquello
que una vez fue primavera;
solo el recuerdo más bello
susurra lo que antes era.