
Cielos de fuego abrasador,
que castigan sin piedad,
derramando su fulgor
sobre toda la heredad.
Tan intensa es esa llama,
tan violento su clamor,
que la sombra nos reclama
como único salvador.
Es el verano del sur,
de sequedad infinita,
que no comprende quien no estuvo
bajo su fuerza maldita.
Caen los pájaros rendidos
cuando el aire quema tanto,
y los campos consumidos
guardan un silencioso espanto.
Arde el suelo del arcén
bajo el sol despiadado,
y el fresco se marcha también
como un huésped expulsado.
Las paredes encaladas
lucen blancas al pasar,
para evitar las jornadas
que parecen calcinar.
Todo calla alrededor,
ni una voz queda en la era,
solo domina el calor
sobre la tierra agostera.
Todo está seco y vencido,
todo parece olvidar,
que alguna vez hubo un nido
donde la vida brotó ya.
La agostera ha regresado
con su reino de rigor,
y mantiene doblegado
cuanto encuentra alrededor.
Mientras permanezca arriba
el soberano solar,
nadie sale ni se activa,
nadie quiere caminar.
Es difícil imaginar
esta prisión de calor,
si no llegaste a habitar
bajo su duro rigor.
Y cuando llega la noche
sin traer alivio alguno,
el sueño pierde su broche
bajo el bochorno importuno.
Entonces cuesta dormir,
cuesta incluso respirar,
y hasta el simple hecho de vivir
parece un duro penar.