
Iconos hechos de papel
sobre paredes blanqueadas,
testigos mudos de la hiel
de inocencias quebrantadas.
Habitaciones sin salida,
cerradas a cal y canto,
ven cómo empieza la vida
bajo la sombra del espanto.
Flores rotas prematuramente,
arrancadas de su abril,
mientras un dolor hiriente
les roba el porvenir.
Cachorros que lloran quedos
en la oscura habitación,
aprendiendo demasiado pronto
la amarga desolación.
Manos viejas y callosas,
surcadas por negras venas,
se tornan crueles y odiosas
al sembrar tantas condenas.
Seres de espíritu podrido,
perdidos en su agujero,
que por dominio o dinero
dejan todo corrompido.
Ven tan solo mercancía
donde existe humanidad,
y convierten cada día
en un acto de crueldad.
Muñecas rotas alternando
entre lágrimas y miedo,
mientras otros van pensando
que su crimen queda quedo.
En festines degradantes,
como bestias sin razón,
destruyen seres nacientes
sin sentir compasión.
Y tras dejar cuanto tocan
vacío, roto y desierto,
ni siquiera se equivocan:
saben bien lo que han muerto.
Tal parece la maldición
que acompaña a la ciudad,
la profunda corrupción
disfrazada de normalidad.
Y al mirar la oscuridad
que comienza a despertar,
surge una inquieta verdad:
lo peor puede llegar.