
Princesas encerradas en torres de hielo,
llorando por sueños que no tocan el cielo.
Príncipes pálidos, siempre pegados,
a las pantallas donde quedan atados.
Sexo vacío, plano y banal,
mares de placer sin nada real.
Odio vertido como excremento,
de quienes confunden rencor con sentimiento.
Días enteros a dioses pegados,
ídolos huecos pronto olvidados.
Tribus de nombres sin memoria,
destellos breves de falsa gloria.
Suicidios de pobres abandonados,
fuera del cuadro, por lados borrados.
Ciudades terribles de seres malvados,
soledad creciendo entre paneles iluminados.
Miseria, hambre y desolación,
carne ofrecida para el atracón.
Y las luces se extienden al infinito,
mientras ocultan al pobrecito.
Nubes de luces que enganchan,
a seres que ya ni hablan.
Borregos de triste catadura,
que dicen buscar belleza pura.
Pero al tocarla la destruyen,
y después, sin mirarla, la huyen.
Cuando ya todo ha servido,
muere lo usado… y queda permitido.
Son los seres marginales,
carne marcada por todos los males.
Usados hasta perder apariencia,
después ya no queda benevolencia.
Luces de colores brillantes,
que se venden como avances.
Pero solo lanzan luz hacia arriba,
mientras abajo la vida sobreviva.
Aunque no lo creas,
tomaste sus cuerpos y sus ideas.
Robaste sus sueños enteros,
y hoy para ti ya están muertos.
Ciudades de luces infinitas,
selvas de fieras proscritas.
Lugares de miedo y miseria,
donde la vida se arrastra por inercia.
Ya en las calles no quedan humanos,
solo restos de cuerpos lejanos.
Figuras que vagan sin vida,
por avenidas largas y perdidas.
Solo con una misión,
seguir sin el sueño que dio dirección.
Y marchan hacia la destrucción,
pobres seres sin determinación.
Y las luces se apagan,
y las sombras todo lo tragan.
La ciudad queda dormida,
como si nunca hubiera habido vida.
Y en silencio terminó,
lo que el brillo nunca salvó.