
Dolor, tanto dolor,
que cae sobre mí como un manto.
Llenándolo todo de frío sudor,
y a veces me deja sin aliento.
Por un momento me hace desmayar,
y luego vuelve para quedar.
Dejadlo un rato descansar,
pues sé muy bien que no se irá.
Dolor amigo certero,
que destruyes lo más entero.
Que dejas a los humanos,
convertidos en seres desvariados.
Que al más fuerte y más duro,
lo derribas sin ningún apuro.
Dolor de parir,
dolor de sufrir.
Dolor de enfermedad,
y de mil cosas más.
¿Para qué tanto contar,
si siempre vuelve a llegar?
Yo me siento en mi sillón,
hablando solo en mi rincón.
Y con tranquila soledad,
repaso toda la verdad.
La espalda vuelve a protestar,
como siempre suele estar.
Toda entera se hace sentir,
sin dejarme ni vivir.
No importa el número dañado,
todos terminan marcados.
El viejo ictus sigue presente,
dejando huella en lo que siente.
¿Y qué decir de mis dientes,
siempre tan duros y prepotentes?
Aunque no tenga culpa alguna,
morder se vuelve una fortuna.
Pues al intentar apretar,
mi grito vuelve a estallar.
Y las muelas, traicioneras muelas,
dan ganas de arrancarlas de las encías.