
Cadenas, enormes cadenas,
trincadas en carnes aún buenas.
Figuras fuertes, casi atlantes,
de duros y severos semblantes.
Perdidos y errantes chalanes,
ocultos debajo de los gabanes.
Que parecen siempre tan grandes,
aunque oculten miserias infames.
Perdidos ya de la moral,
cosas que no queremos mirar.
Experimentos que eliminar,
sin detenerse ni pensar.
Sin ningún miramiento,
ni sombra de remordimiento.
En el aura oscura que llegó,
alguien ordena lo que ocurrió.
Y una voz firme al fin pronunció:
“tomen su asiento”, y todo calló.