
En el infierno no hay diablos,
solo enemigos y viejos agravios.
Los mismos que aquí te han torturado,
serán quienes juzguen tu pecado.
En el infierno castigan tus pecados,
con el mismo odio que tú les has dado.
Llorarás lágrimas heladas,
cuando te hagan las más temidas jugadas.
Y llorarás lágrimas de fuego,
cuando repitan contigo los mismos juegos.
Eso será eterno e infinito,
o tal vez dure tan solo un ratito.
Eso es pensar en el infierno,
cuando en realidad lo llevamos dentro.