
Amanece, como si no fuera nada,
y la vida despierta, gris y cansada.
Amaneceres de brillo glorioso,
con hombres que alzarse hallan penoso.
Es la vista del horizonte perdido,
de aquel que jamás lo ha vivido.
Hordas de seres ya obnubilados,
que al alba despiertan agotados.
Nada es aquello que quieren vender,
ni casi nos dejan poder escoger.
Ni en el mísero polvo del suelo
podemos cavarnos refugio o consuelo.
Solo quedan riadas humanas,
corrientes de sombras lejanas.
Seres que avanzan, miserables,
diluidos en lodos lamentables.
Tal es el sino de la especie humana,
nacer y arrastrarse con pobre desgana.
Vivir sin ardor ni latir encendido,
morir cuando el ciclo esté concluido.
Nada resta, pues, por decir:
tarde o temprano, has de morir.